• Immanuel Kant supo entender que se encontraba en medio de un complejo periodo de cambio cultural. Lo llamó “ilustración» para remarcar que no vivía en una era ya ilustrada, sino que estaba en proceso de ilustrarse. El alemán lo entendió como un esfuerzo de liberación de las cadenas impuestas a la humanidad por la ignorancia. Dicho en sus propias palabras:

    “La ilustración es el abandono por parte del hombre de una minoría de edad cuyo responsable es él mismo. Está minoría de edad significa la incapacidad para servirse de su entendimiento sin ser guiado por algún otro. Uno mismo es el culpable de dicha minoría de edad cuando la causa no reside en la falta de entendimiento, sino en la falta de resolución y valor para servirse del suyo propio sin la guía del de algún otro. ¡Sapere aude! ¡Ten el valor para servirte de tu propio entendimiento! Tal es el lema de la ilustración”.

    Siglos después, los filósofos Theodor Adorno y Max Horkheimer escribieron Dialéctica de la ilustración, un libro brillante y pesimista en donde trataron de explicar por qué el sueño kantiano fracasó en su propósito de alcanzar una existencia libre y resuelta para el ser humano. Entre otros argumentos, el texto planteó que la ilustración fue un proceso que permitió el desarrollo de fuerzas que también la socavaron, porque irónicamente, al racionalizar todo, el esfuerzo ilustrado provocó que incluso un concepto como el de Verdad terminara pareciendo también un mito:

    “En el proceso sin fin de la ilustración, toda determinada concepción teórica cae con inevitable necesidad bajo la crítica demoledora de ser solo una creencia, hasta que también los conceptos de espíritu, de verdad, incluso el de Ilustración, quedan reducidos a magia animista”.

    Fue así como la utopía ilustrada se desfondó. Adorno y Horkheimer no cayeron en la tentación de intentar encontrar un sucedáneo, sino que se esforzaron en señalar los límites y las contradicciones del proceso ilustrado. Horkheimer expresó más adelante su preocupación acerca de que la “dialéctica de la ilustración» fuese en realidad una “aporía de la ilustración”, es decir, algo irresoluble.

    ¿Qué podemos hacer frente a este dilema? Sospecho que como a esta “aporía de la ilustración” se llegó a través de la desmitificación de todo lo milagroso del mundo, para superarla se necesitará lo opuesto: reencantar la realidad, pero de forma deliberada y consciente. No es engañarnos, sino entusiasmarnos de nuevo. Este proceso es simbolizado en La muerte en Venecia, de Thomas Mann. En esta obra podemos ser testigos de cómo el célebre académico Gustav von Aschenbach, en el ocaso de su vida, está dispuesto a hacer el ridículo y a dejar de lado aquello con lo que se siente orgulloso con tal de rendir tributo al amor, a la felicidad y a la belleza. Él demuestra que nunca es demasiado tarde para perseguir una idea hasta el borde del horizonte, lo que es la máxima prueba de pasión por la vida. Sus actos dan fe de lo que perdió la ilustración en su camino: la fiebre por existir, por luchar y por amar a través de las ideas.

    La ilustración necesita encarnase para que la verdad sea otra vez una excitante insinuación; la filosofía, tentación y desenfreno; la literatura, incansable fervor

  • La historia de la humanidad puede ser considerada como la historia del horror. Por un lado, sufrimos los dolores originados por nuestra condición existencial, que es finita y está sometida a la enfermedad, el dolor y la locura; por otra parte, enfrentamos males inventados por el ser humano, como la guerra, la esclavitud y la pobreza social.

    Es por esto que Umberto Eco dijo que, cuando el ser humano quiere ajustar cuentas con la historia, todo le está permitido, salvo la inocencia, porque las heridas y cicatrices de la humanidad son imborrables y no pueden ocultarse, y cada vez que apostamos por una nueva verdad, o por un proyecto de justicia prometedor, tenemos que asumir el fardo de todos los fracasos acumulados, de las ilusiones humilladas y de los sueños que terminaron en pesadillas en el pasado. No podemos ser ingenuos frente a la historia: constantemente el ser humano crea lo que pretende destruir y destruye lo que pretendía crear.

    Como puede adivinarse, muy pocos están dispuestos a comprometerse con asumir semejantes cargas. Una forma muy actual de evadirlas ha sido el nihilismo, que se manifiesta como una negación de toda emancipación posible, como una estética de la destrucción, como un desdén cínico, como un irenismo político o como un esnobismo, entre otras formas. El problema del nihilismo es que, aunque se trata de una filosofía que permite resistir, no ayuda a enfrentar los males del mundo; no ofrece soluciones, cuanto mucho otorga posiciones: facilita discursos que nos hacen sentir por encimaal lado, por fuera o al margen de la tragedia que es la historia. Al evitar que seamos atravesados por ella, anula el ansia de verdad, la búsqueda genuina y desesperada que provoca un legítimo careo con la historia. Esto es grave porque la injusticia y la miseria que aquejan a la humanidad no sólo no han cesado, sino que se han recrudecido. Pensemos que, en el mundo de las utopías, el siglo XVIII planteó la importancia de que el ser humano se emancipara de la ignorancia y la desigualdad, el siglo XIX quiso hacernos libres y prósperos, el siglo XX postuló la solidaridad universal, la democracia y los derechos humanos, mientras que en el siglo XXI la utopía parece ser que el ser humano sobreviva.

    El nihilismo nos permite descansar de la historia y vivir con ligereza. Esa es la parte de verdad que ostenta. Sin embargo, como no dispone de herramientas para transformar el desorden de la realidad, es políticamente inútil. En este sentido, Umberto Eco propone reemplazar al nihilismo por la ironía como actitud frente a la historia. Es una manera de revisarla con sana distancia, comprometidos con el dolor de su curso, pero con un recelo, con un perímetro de salvedad, dejando un espacio sagrado en donde puedan germinar las nuevas esperanzas.

    Imagino la siguiente escena: una nueva Verdad se nos presenta, segura de sí misma, prometedora. La ironía ataja su entrada, da un paso hacia adelante y, como un actor, recita las siguientes líneas: “no vamos a caer en la provocación de esta Verdad. Nos negamos a ser arrastrados por su espejismo. ¡Ay de nosotros sí nos seduce el resplandor de su nacimiento! Su ímpetu es envolvente; con maña, ciñe a nuestro corazón el hechizo optimista que irradia. Es bella, bellísima, pero su embriagadora dulzura hace creer que es lícito morir o matar con tal de poder contemplarla. No podemos consentir —¡nunca más!— que nuestros actos en favor de La Verdad sean terribles. Y si lo son, ¡no dejemos que tengan una buena conciencia!”.

    En respuesta, la Verdad toma con delicadeza la mano de la ironía y le dice al oído: “tienes razón, lo acepto. No te pido que me creas. Solo exijo que nunca olvides que me deseas, que me extrañas, que me amas. Que nunca podrás vivir sin mí”.

    La ironía es pasión secreta e irrefrenable hacia la verdad.

  • Cuando el Rey Minos tuvo un desencuentro con Dédalo, los vaivenes de la ironía hicieron que el tirano eligiera el laberinto como prisión para el inventor y para su hijo Ícaro. Sabiendo que era imposible encontrar la salida, Dédalo tramó un nuevo invento. Engañó a los guardias para obtener plumas de pájaro y algo de cera, con los que construyó dos pares de alas. Previsor por costumbre, Dédalo calculó que dos cosas podían estropear su plan de escapar volando del laberinto: si en su huida se elevaban demasiado, los rayos del sol derretirían la cera, provocando el inevitable desplome; por otro lado, si se acercaban mucho al mar, la espuma mojaría las plumas, volviéndolas pesadas para volar. Padre e hijo debían mantener una altura media hasta llegar a las costas vecinas y recuperar su libertad. El mito cuenta que Ícaro quiso alcanzar el sol, y que al elevarse por encima de las nubes, sus alas se despegaron. El infausto muchacho cayó y el mar lo devoró de un solo bocado. Dédalo logró pisar tierra; era libre, pero había visto morir a su hijo, y su dolor fue inmenso. Tarde y con amargura, Dédalo comprendió que en sus cálculos olvidó la variable más importante: la intransigencia de la pasión humana.

    Este inventor griego, trágico e irónico, es un ejemplo de lo que ocurre cuando alguien deposita ciegamente sus esperanzas en la técnica. Sus creaciones pueden provocar inesperadas pérdidas, y al final, se fracasa en la tentativa de lograr la felicidad. Cada vez que una persona se lastima o sufre un accidente en el que se involucra una máquina, se repite el horror de Dédalo.

  • Richard Rorty trató de responder a preguntas difíciles: ¿puede sostenerse la humanidad sin metafísica? ¿Los seres humanos somos capaces de vivir sin apoyarnos en un ser superior, en un principio universal o en un orden “más allá” del nuestro?

    Para el filósofo norteamericano hay muchas personas que viven sin la necesidad de creer en un Dios, que conviven en sociedad sin apelar a principios morales trascendentales y que se explican su lugar en la historia sin recurrir a la idea de una armonía preestablecida. Esto es algo evidente y razonable. Pero Rorty fue más allá, y aseguró que es posible que el conjunto de los seres humanos podamos hacerlo, de modo que nuestras pautas de conducta dependan, ya no de esencias o metafísicas, sino de acuerdos, pactos y consensos sociales.

    Esta idea es fácil de expresar, pero difícil de soportar. Supone que cada persona que cree en algo superior deberá admitir que aquello que considera como sagrado no es especial, y que su fe no tiene preeminencia sobre las otras, algo que cuesta imaginar en este mundo tan lleno de fanatismos. Por otro lado, negar la existencia de principios superiores es una lógica explosiva, porque impide apelar a una dignidad especial del hombre y de la mujer. Cuando se renuncia a la idea de esencia, se desvanece la “dignidad intrínseca” atribuida al ser humano. Rorty es un aguafiestas de las ilusiones necesarias. Se parece a un hombre que irrumpe en un acto de magia, muestra el doble fondo del sombrero del prestidigitador, y nos dice: “¡vean que este farsante no tiene poderes reales, nos está mintiendo en la cara!”. Sin embargo, le respondemos: ¡nos gusta la magia!, ¡deja al mago seguir con su acto!

    Lo que hasta aquí hemos comentado acerca de Rorty no tiene novedad en la historia de las ideas: es una revitalización del viejo sueño liberal de construir una sociedad tolerante en donde las personas conviven sin la necesidad de religiones. Lo interesante de Rorty es que no está dispuesto a sentarse a esperar a que ese mundo se realice por sí mismo. Él propone una estrategia que puede implementarse de inmediato para aliviar la necesidad de fundamento y la tentación metafísica: consiste en conformar y alimentar un nuevo léxico que vuelva estéril disputar acerca de “principios superiores”.

    Rorty considera que discutir temas como “la naturaleza de la verdad”, “la naturaleza del hombre” o “la naturaleza de Dios” es infructuoso. El filósofo señala que estos debates “imperecederos” son resultado del léxico filosófico que los sostiene; por tanto, no se “superan» mediante la crítica —elaborada a partir de ese mismo lenguaje—, sino sustituyendo el lenguaje que los hace posibles. Rorty nos recuerda que existen infinidad de problemas filosóficos que nunca se solucionaron y que en realidad fueron desplazados junto con los léxicos de los que partieron. Por ejemplo, hoy nos parece ocioso esforzarnos en determinar cuántos ángeles caben en la punta de un alfiler. Este problema no se resolvió, pero fue perdiendo su atractivo hasta el punto de parecer inútil. Mientras que las mejores mentes de otra época se ocuparon en establecer si Adán tenía ombligo, o en analizar el funcionamiento del motor inmóvil aristotélico, para Rorty las reflexiones actuales se enfocan en otros asuntos por la sencilla razón de que ha cambiado nuestro paradigma y esas cuestiones ya no son importantes.

    Rorty considera que la historia del progreso moral e intelectual es “la historia de metáforas cada vez más útiles antes que la comprensión cada vez mayor de cómo son las cosas realmente”. Para este filósofo, la realidad no es algo que está afuera, sino aquello que construimos a través de metáforas. Un ejemplo es la revolución del pensamiento que inició Freud, quien logró que el yo —que se entendía como algo único y trascendental, sagrado e inviolable—, se explicara mejor desde el abordaje de los traumas infantiles y no como resultado de nuestra naturaleza o destino. En este punto, el reto que plantea Rorty es evitar la trampa de pensar que Freud dio un mejor paso hacia la comprensión de la realidad, sino entender que elaboró un lenguaje más eficiente para dar cuenta de experiencias humanas que no alcanzaban a ser expresadas con el lenguaje previo, enmarcado en la moral cristiana.

    El programa del cambio está dispuesto, pero ¿quién lo llevará a cabo? Rorty consideró que los “ciudadanos ironistas” podrían impulsar esta transformación, ya que son “lo suficientemente nominalistas e historicistas como para abandonar la idea de que sus creencias y deseos fundamentales remiten a algo más allá del tiempo y el azar”. En mi opinión, aunque difícil de lograr, la república imaginada por Rorty es hermosa, ya que reivindica a los desplazados de otras naciones imaginarias: los poetas y los ironistas. En esta utopía, ellos serán los encargados de construir, sin los cimientos de la metafísica, una casa para todos.

  • La ironía es una tabla de salvación ante los males mundanos, ya sea la tragedia personal, la paradoja, el capricho de la fortuna o la amenaza del tirano. Otorga una distancia crítica en la que cabe el humor, la bonhomía y el ingenio. Como método, milita contra el autoengaño, disipa las jerarquías y es anti-dogmática.

    Las posibilidades de la ironía son amplias y por eso es imposible reducirla a una estrategia de resistencia; puede asociarse al cinismo, la liviandad y el escarnio desde una posición privilegiada. La ironía libera del mito, pero, sin límites, derrumba lo que se erige e incurre en su propia desmesura, y puede llevar a la falsa salida del nihilismo: nada es mejor, todo vale lo mismo. Desde esta perspectiva la ironía se vuelve un recurso retórico esnob y pueril. Por esto, si queremos desacralizar los mitos del poder sin deshumanizar ni despolitizar la vida, se necesita unir la ironía con la responsabilidad. Un gran ejemplo es el debate titulado ¿Estamos de acuerdo?, entre el irlandés Bernard Shaw y el británico G. K. Chesterton en 1923. Ambos autores discutieron acerca de la vía capitalista y la opción socialista en Gran Bretaña. Aunque mantuvieron un antagonismo político y programático, ellos estuvieron de acuerdo en que la ironía es una forma de argumentación inteligente, amena e incluso pedagógica, y que por ello puede servir a un propósito generoso y políticamente relevante, como el reflexionar acerca de cuál sistema social permite alcanzar la felicidad humana. En cuanto a la disputa intelectual que mantuvieron, valga decir que fue una lucha encarnizada, pero pulcra, como un genial combate de esgrima. A continuación recupero algunas postales:

    En su primera intervención, Shaw asegura que Chesterton “se dedica a decir e imprimir las mentiras más extravagantes”, aunque para aligerar su invectiva, desliza: “En cuanto a mí, suelo hacer muy a menudo el mismo tipo de cosas”. Su planteamiento puede resumirse en la siguiente afirmación: deberíamos ser tolerantes ante cualquier tipo de crimen, excepto frente a la distribución desigual de las rentas. Chesterton contraataca: “Yo desearía que los medios de producción pertenecieran a la comunidad, y hasta ahí digo que pueden vernos a Mr. Shaw y a mí paseando por floridas praderas. Pero más tarde, ¡ay! hubo un cambio. Y aquel cambio se debió a la enorme superioridad de Mr. Shaw, a su poderosa inteligencia. No es culpa mía que él haya seguido siendo joven, mientras que yo, en comparación, he ido arrugándome, volviéndome demacrado, viejo y experimentado en los hechos elementales de la vida humana”. El escritor británico toma la estrategia de contraponer su realismo político con las pretensiones de virtuosismo humano de Bernard: “Mr. Shaw elabora abstractos diagramas, llenos de triángulos, cuadrados y circunferencias; nosotros estamos tratando de pintar el retrato de un hombre, que desea ciertas cosas. Le satisface cierto grado de libertad, determinadas clases de propiedad, determinados tipos de apego, y sin ellos no podría ser feliz. Mientras que Mr. Shaw propone distribuir la riqueza, nosotros proponemos distribuir el poder”.

    Por su parte, Shaw denuncia la desigualdad económica que resulta de la postura de Chesterton en el caso de los terratenientes ingleses, quienes creen que tienen derechos absolutos en su propiedad, aun si eso contraviene al bien común. Para explicar su punto, Shaw se vale de un desternillante ejemplo: “Poseo un derecho legal ciertamente muy restringido del uso de este paraguas. No puedo hacer lo que se me antoje con él. Por ejemplo, en ciertos momentos del discurso de Mr. Chesterton he tenido la tentación de levantarme y golpearle con él en la cabeza. Pero si abusara de mi derecho de hacer lo que quiera con mi propiedad —mi paraguas—, no tardaría en recibir una advertencia —seguramente mediante el puño— de que no puedo tratar mi paraguas en tanto propiedad mía del mismo modo que un terrateniente puede tratar su tierra”.

    Chesterton le responde: “Cuando Mr. Shaw se abstiene de golpearme en la cabeza con su paraguas, el verdadero motivo —aparte de su auténtica bondad, que lo lleva a respetar a la más humilde de las creaturas de Dios— no es que no posea la propiedad de su paraguas, sino que no posee la propiedad de mi cabeza”. Chesterton le contesta lanzándose a defender “aquello en lo que el Estado y los Diez Mandamientos estarán de acuerdo: el derecho a la propiedad”.

    La glosa de este debate, excepcional en fondo y forma, permite muchas extensiones. En cualquier caso, de este intercambio importa destacar el papel de la ironía, que a Chesterton le sirvió para proteger el estilo de vida inglés con sanity, sensatez, sentido común, mientras que Shaw quiso promover con la ironía el gradualismo, una de las banderas de la Fabian Society, la destacada comunidad intelectual y política a la que pertenecía. Los despliegues de ingenio que leemos no son pura vanidad, sino la defensa comprometida de proyectos políticos contrapuestos.

    El estilo irónico es alegre y profundo, dialéctico y sutil. Es genial porque permite reconocer nuestros vicios con perspectiva y abrir paso a que nos reconciliemos con la imperfección del mundo y con las contradicciones humanas.

  • Bertrán de Born fue un soldado, aventurero y trovador, que estuvo acusado de ser uno de los instigadores del conflicto entre Enrique, el Joven, y su padre Enrique II. Esta ruptura familiar y política desencadenó una guerra. Por su fama de promover la desunión, en La Divina Comedia Dante Alighieri incorporó a Born en el octavo círculo del infierno, en la Novena Bolsa Maldita, destinada a los sembradores de discordia. El poeta narra que el castigo para los confinados en ese sitio empieza por sufrir el terrible dolor de ser partidos por la espada por unos demonios; al cerrarse las heridas de las víctimas, de nuevo son tajados por los diablos. En medio de este horror, la imagen de Bertrán de Born estremece: se presenta ante Dante sosteniendo del cabello su propia cabeza decapitada, misma que extiende hacia el poeta para que pueda escuchar su lamento: “Por separar lo unido y aledaño // llevo yo separado mi cerebro // de lo que fue su asiento y vida antaño…”.

    Recupero esta escalofriante imagen por su maligna belleza y significado. Dante estuvo al servicio del cristianismo y de la Iglesia y les ofreció su mejor cualidad: el gran poder de su imaginación. Antes del poeta, el sufrimiento en el infierno era eterno, pero indistinto. Después de la Divina Comedia, el castigo de los pecados adquirió un cariz personal e irónico: los ladrones purgan sus delitos en un foso de serpientes taimadas y traicioneras, como ellos mismos; los lujuriosos son arrastrados por un remolino violento e incansable, como su deseo carnal; los hipócritas caminan llevando a cuestas una capa dorada que pesa como el plomo, lo que les recuerda sus melifluas palabras y castiga su doblez; los asesinos son achicharrados en un río color púrpura por haber derramado sangre con sus crímenes; por pretender ver demasiado adelante, los adivinos caminan con la cabeza volteada hacia atrás; los ignavos —nombrados así por Dante por no tomar partido frente a muchas situaciones que lo exigían— sufren un castigo irónico: permanecen en el anteinfierno, pues si no eligieron su lugar en la tierra, tampoco lo tendrán en el averno.

    La imaginación irónica de Dante influenció a escritores y artistas; también a los jueces de la Santa Inquisición, quienes, aunque prohibieron la lectura del poeta florentino, incorporaron su creatividad a las torturas: la pera, por ejemplo, fue un instrumento que se introducía por la boca de los predicadores herejes, por la vagina de las mujeres acusadas de sostener relaciones con satanás, o por el ano de hombres culpados de homosexualidad. Girando un tornillo, la pera se expandía, causando desgarramientos, hemorragias y una muerte dolorosa.

    En el plano de la política, Nicolás Maquiavelo, otro eminente florentino, retomó la lógica de Dante. Para Maquiavelo un buen gobernante podía incurrir en grandes pecados, como engañar, traicionar, robar o matar, siempre y cuando su objetivo fuera mantener el bienestar de su principado. Su recomendación no era actuar de estas maneras, solo reconocía que, en última instancia, un buen gobernante no era necesariamente una buena persona —y viceversa—. Por tanto, un Príncipe, como hombre de Estado, debería estar dispuesto a condenarse al infierno antes que permitir que su patria se convierta en un infierno en la tierra, agobiada por la desunión, la inseguridad y la zozobra. Es una ironía dantesca que pecar por necesidad del bien común conduzca a las peores transgresiones personales. Sin embargo, es un hecho que la sensibilidad ética y la razón política están en guerra desde siempre.

    Esa es la miseria de Bertrán de Born. Su imagen representa al político que debe vagar por las sombras con la cabeza separada de su pecho, con el corazón y el pensamiento distanciados por la eternidad.

  • “Lo sabemos todo y no podemos nada”, escribió Marina Garcés en Nueva ilustración radical. Con esta amarga ironía, colocó al “analfabetismo ilustrado” como el verdadero rostro del oscurantismo contemporáneo. Y es que hoy en día la humanidad tiene acceso, como nunca antes, a diversas fuentes de información y conocimiento; sin embargo, gran parte de las personas prefieren vivir encerradas en sus credulidades y delegar a otros la responsabilidad de pensar por sí mismas.

    En acuerdo con Garcés, esta capitulación de la autonomía intelectual se debe a que el ser humano contemporáneo enfrenta múltiples mecanismos de neutralización de la crítica, tales como la sobreinformación, la especialización, la estandarización de la producción cognitiva, la interpasividad —simular actividad para ocultar nuestra pasividad, como al descargar o guardar libros que nunca leeremos— y el solucionismo tecnológico —una ideología que pretende abordar cualquier situación social compleja a partir de definiciones claras para darles soluciones definitivas, de la que Silicon Valley es la máxima representante—. Para la autora, estas formas de desactivación de la crítica hacen más fácil que nos sometamos a una credulidad voluntaria. Siguiendo su idea, podemos afirmar que hoy enfrentamos un autoritarismo silencioso, que actúa con la forma de un gran consenso anti-ilustrado.

    ¿Cómo llegamos a este punto? Garcés considera que buena parte del problema se debe a un desacoplamiento entre el saber y el poder. Por un lado, el poder ya no requiere del saber para legitimarse; por el otro, el saber se desprestigió: somos escépticos respecto a la idea de que saber más nos hace mejores personas, más felices o más buenos. Esta decepción frente al conocimiento tiene su propia historia. Me limito a recordar que, por una parte, hemos descubierto que cuando el conocimiento hace alianza con el poder, tiende a justificarlo y a perfeccionar las formas de dominación; por otro lado, hay que reconocer que cuando el saber renuncia al poder, se vuelve inútil: pierde su perspectiva política y su misión de contribuir a aliviar los dolores que afligen a la humanidad. Así las cosas, parece que tenemos que elegir entre la locura de un poder ciego o el desconsuelo de un saber impotente.

    Para salir del laberinto, la filósofa propone tirar del hilo más delicado del proyecto ilustrado. Garcés recuerda que en la Enciclopedia francesa se entendía al crítico como alguien que debe “convencer al espíritu humano de su debilidad, con tal de que pueda emplear útilmente la poca fuerza que derrocha en vano”. Muy lejos de la soberbia que asociamos a la razón moderna, quienes encabezaron la tentativa ilustrada apostaron por una crítica que partía del reconocimiento de las insuficiencias humanas y de la conciencia de nuestros límites, no de la confianza absoluta en la razón. Esta concepción del movimiento ilustrado fue olvidada en favor del relato racionalista dominante de la modernidad europea, lo que provocó la pérdida de una parte muy importante de su carácter emancipatorio.

    Siguiendo el espíritu de las ideas de Garcés, considero que vivimos un buen momento para conformar una nueva alianza entre la ilustración, la ironía y la alegría, con el fin de combatir con gozo las credulidades que nos colonizan. Imagino un archipiélago de mentes críticas que, animadas por una jovial actitud de ironismo ilustrado, apuesten por la belleza de la razón y por una conciencia irónica que impida violentar las esperanzas que vacilan en el corazón humano. “Reír y decir la verdad”, como decía Epicuro, es mi esperanza de una nueva ilustración radical.

  • Odiseo es considerado como un héroe por la mitología griega. Sin embargo, cuando leemos su historia descubrimos que “el paciente y noble Odiseo” —con esas palabras se le describe— sembró dolor y venganza en sus cuantiosas peripecias. Para empezar, abandonó a su familia en Ítaca y dejó a su hijo sin su padre, a su esposa sin su marido, a su madre sin su hijo y al reino sin su rey, todo esto para pelear una guerra ajena. Desde la perspectiva de los troyanos, Odiseo llevó la ruina a su ciudad y a traición acabó la guerra con el truco del caballo de madera. Es verdad que Odiseo sufrió la furia de Poseidón, pero fue resultado de su vanidad y de sus injurias hacia los dioses. En la ciudad de Ísmaro, Odiseo saqueó a la tribu de los cicones, mató a los hombres, tomó a sus esposas como trofeos y se quedó con sus riquezas. Mientras el cíclope, Polifemo, dormía, Odiseo aprovechó para clavarle una lanza en su único ojo. También intentó decapitar a su propio aliado, Euríloco, cuando sugirió que Odiseo fue responsable de la muerte de sus compañeros. Odiseo fue un amante ingrato de Circe y de Calipso. A uno de los pretendientes de su esposa Penélope, Antínoo, lo atravesó con una flecha mientras este se disponía a beber vino; Eupites, padre de Antínoo, también fue asesinado por el protagonista de La Odisea cuando reclamó justicia para su hijo en el Ágora. Sin escuchar súplicas, Odiseo ordenó ahorcar a doce esclavas de su propia casa por tener relaciones sexuales con los pretendientes de Helena. Por considerarlo desleal, mató y descuartizó a uno de sus sirvientes, Melantio, para luego darle a sus perros las partes íntimas del cadáver.

    Odiseo es un personaje indómito que se comporta de manera cruel, soberbia y vandálica. Si su historia fuera contada desde la perspectiva de quienes sufrieron sus intemperancias, pocas probabilidades tendría de salir bien librado. Por ello uno de los momentos cumbres de este personaje tiene lugar en el Libro VIII, cuando Odiseo está en la corte de los feacios, pero permanece anónimo. Demódoco, un célebre aedo, canta las hazañas de Odiseo en Troya, y éste sucumbe a un llanto amargo que lo obliga a revelar su identidad. A través de la canción Odiseo puede mirarse a sí mismo de una manera distinta. En un momento de catarsis se da cuenta de que es un héroe canalla, un justiciero injusto, un protector sin protegidos, un hombre leal pero infiel, un belicista en lejanos reinos que añora volver a su patria y vivir en paz en la isla que gobernaba. Odiseo se reconoce más allá de los sesgos de su autoconcepto y llora amargamente. Este episodio nos ofrece una noble verdad: necesitamos un tercero, un otro que nos cuente quiénes somos y así nos libere de vivir en la falsedad de una autoimagen complaciente.

    La mayoría de nosotros no tenemos un artista que narre nuestras desventuras, pero el canto de nuestro Demódoco existe: es un coro formado por quienes nos aman, quienes nos odian y quienes nos duelen.

  • En Historias, Libros I a IV, Heródoto recuerda a Cleóbis y Bitón, un par de afortunados hermanos que poseían numerosas propiedades y fueron conocidos por su vigor físico, cualidad que les permitió triunfar en los juegos olímpicos.

    Cuenta el historiador que, en ocasión de una fiesta en honor a Hera, Cídipe, la madre de Cleóbis y Bitón, necesitaba llegar al templo de la diosa, pero los bueyes para tirar del carruaje no estuvieron preparados a tiempo. Dada la situación, los hermanos uncieron el yugo y arrastraron el coche por un largo recorrido usando su propia fuerza. Al llegar a su destino, una multitud perpleja decidió felicitarlos, y la emoción llevó a Cídipe a pedirle a la estatua de la diosa Hera que recompensara a sus hijos con “lo mejor que pueda alcanzar el hombre”. Hecha la súplica, se realizó un banquete. Al terminar, los hermanos durmieron en el templo, pero nunca volvieron a despertar. La diosa escuchó y concedió la petición: lo mejor que puede alcanzar el hombre es la muerte.

    En este relato las divinidades griegas muestran un sentido del humor irónico, funesto y bromista a costa de los destinos humanos. El mismo Heródoto recupera otra historia que los exhibe a esa luz: Creso, rey de los lidios, se muestra indeciso acerca de declarar la guerra a los persas. Quiere recibir consejo en el juicio sagrado, por lo que envía regalos a dos oráculos. La respuesta que recibe lo llena de alegría: “Si Creso emprende la guerra contra los persas, destruirá un gran imperio”. El rey lidio se lanza a una campaña bélica que termina en su derrota frente a Ciro, el famoso rey persa. Al ser vencido, Creso comprende la ironía divina: era cierto que al enfrentar a los persas destruiría un gran imperio, el suyo.

    Los dioses se ríen de los seres humanos, pero, con el tiempo, también la humanidad ha aprendido a usar la ironía para burlarse de los dioses. Tal es el caso de Micerino, un faraón egipcio que Heródoto recuerda como un gobernante piadoso, por ser quien eliminó los trabajos forzados y reabrió los templos de los dioses, que habían sido clausurados por sus antecesores. A pesar de que Micerino fue un gobernante justo con hombres y con divinidades, recibió un oráculo funesto: se le anunció que solo viviría seis años más. Enfadado por la decisión del cielo, Micerino reclamó a los dioses acerca de por qué él, que era bueno, fallecería pronto, mientras que sus antecesores, que fueron injustos, gobernaron por largo tiempo. La réplica del oráculo fue confirmar la sentencia: Micerino moriría en el plazo de un sexenio.

    El faraón sabía que su destino estaba echado, pero decidió demostrar con ironía la equivocación de los dioses. Micerino mandó a fabricar lámparas que se encendían al llegar la noche para iluminar el palacio y sus alrededores; así el faraón paseaba día y noche, bebía y se recreaba sin descanso. Al convertir las noches en días, pensó, no viviría los seis años que habían decidido los dioses, sino doce años de goces, distracciones y placeres.

    Podríamos objetar que el faraón no burló a su destino, sino que lo cumplió en su intento de huir. No descansar por las noches y exceder los disfrutes fue quizá la causa de que muriese joven. Sin embargo, el gesto irónico de Micerino es conmovedor porque muestra la poesía que hay en el ser humano cuando se rebela a su sentencia de muerte a través del placer.

    El palacio y los jardines luminosos de Micerino representan la brillante resistencia de toda la humanidad, consciente de su propia fugacidad.

    Adéntrate en el universo de el Atlas del Cielo, esta obra trasciende los límites entre la poesía y la expresión visual. Más que un simple libro, este «atlas» es una invitación a un viaje introspectivo, un mapa sensible de paisajes etéreos y reflexiones profundas que se despliegan ante tus ojos.

    A través de una amalgama de textos poéticos que fluyen y se entrelazan con imágenes de la naturaleza, se construye un diálogo íntimo con el tiempo, la existencia y la esencia del mundo que nos rodea. Cada página es una experiencia en sí misma, donde la tipografía se convierte en arte, las texturas evocan memorias y los colores, sutiles o vibrantes, pintan estados del alma.

    «Atlas del Cielo» es una exploración de lo efímero y lo trascendente, un compendio de momentos capturados con la delicadeza de un sueño y la lucidez de una revelación. Te invitamos a sumergirte en sus versos, a contemplar sus imágenes y a permitir que esta obra única te guíe por los senderos de la introspección, revelando la belleza oculta en el vasto «atlas» de nuestra propia existencia.